miércoles, 20 de marzo de 2013

Gotta Be You


Capitulo 60

Después del día que llegó Niall, no volví a verle, ni a él ni a los demás. Al final no fui a la fiesta con Jake. Desde ese día no volví a salir de casa. Sabía que Cris había venido con los chicos pero no había vuelto a casa, Niall le habrá dicho que necesito tiempo. Paul había atrasado la gira unas semanas para que Niall se recuperara completamente y se arreglaran las cosas entre Harry y yo. Por cierto, no habíamos vuelto a hablar desde nuestro pequeño encuentro. Me quería, me había dicho; eres la única en mi vida, me repetía todos los días; no puedo vivir si ti, decía mientras me besaba. Mentiras, todo mentiras. Hoy, 14 de febrero, estoy sola. Sin mis amigos, sin mi supuesto novio, sin nadie. No aguantaba más metida aquí dentro así que me cambié y salí a la calle sin mirarme antes en el espejo. Comencé a caminar sin rumbo y acabé sentada en un banco viendo como todas las parejas vivían sus felices vidas juntas. Saqué mi móvil y empecé a ver las fotos que tenía, todas con él. No me lo podía quitar de la cabeza, no quería que se fuera de mi vida, él tenía que estar conmigo pero mi orgullo me impedía razonar. Continué mirando las fotos, las lágrimas no me impidieron continuar recordado viejos tiempos, la época que quería volver a vivir. Levanté la cabeza después de haber acabado de ver todas las fotos y haber llorado como un bebé. Vi a mi lado un sobre blanco con un corazoncito pegado y mi nombre escrito en él. Miré a ambos lados, pero estaba sola. Lo cogí con miedo y lo miré detenidamente. No parecía peligroso. Por fin, decidí abrirlo. “Feliz día de San Valentín, aunque en estos momentos puede que no te importe mucho. No quiero escribirte un testamento pero tengo que decírtelo de alguna manera. He sido un cabrón y un idiota por haberte dejado tirada en el peor momento, sé perfectamente que ahora estás pensando una larga lista de insultos contra mí, pero aún así te quiero. Todo fue un malentendido entre nosotros. Carolina, no puedo vivir sin ti. Desde que llegué no he salido de casa y me paso los días llorando con tu imagen grabada en mi mente, puede parecer de niña llorar pero eso es lo que provoca que estemos separados por tanto tiempo. Puede que sea un mujeriego y que me guste divertirme con las chicas, pero eso era antes. Tú me cambiaste, cambié por ti. Voy a ser sincero contigo de una vez…”
- No puedo vivir sin ti, te amo y quiero pasar el resto de mi vida a tu lado. Quiero que en el futuro tú y yo no nos separemos nunca. No quería hablarlo contigo porque sabía que te ibas a asustar porque eres muy joven todavía y aún tienes mucho tiempo para pensarlo. Ahora tengo que decírtelo porque después de esto o volveremos a estar como antes o no me querrás ni ver. Carolina, eres única. Eres perfecta para mí. Nunca había sentido algo tan fuerte por una chica como lo siento por ti. Si te pasara algo no me lo perdonaría nunca, no soporto verte con otro tío que no sea yo. Quiero estar a tu lado lo que nos queda de vida, quiero envejecer a tu lado, quiero que seas tú la madre de nuestros hijos. Pero lo que quiero que sapas por encima de todo es que te amo. – oí una voz a mis espaldas que decía exactamente las palabras que había en la carta, lo decía exactamente igual a como estaba escrito en el papel sin saltarse ni una coma. Reconocí esa voz, la hubiera reconocido en cualquier parte. Me levanté y lo vi allí de pie.
- Harry… - tenía los ojos llenos de lágrimas.
- Por favor, te necesito.
- Harry, yo…
- Carolina, por favor, por una vez deja de hacer lo que te diga tu cabeza y haz lo que te dicte el corazón.
- No sé si es lo correcto hacer lo que me dicte mi corazón.
- Por una vez, hazlo aunque sea malo para mí.
- Créeme, es… ya lo juzgarás tú. – dije antes de hacer lo que mi corazón me pedía a gritos. Uní mis labios con los suyos y segundos más tarde nuestras lenguas pasaron a ser las protagonistas del beso. Lentamente me separé de él, más bien por falta de aire que de ganas, y le miré a los ojos, esperando una respuesta.
- Me acabas de hacer el hombre más feliz del universo, princesa. Te quiero. – me dijo antes de pasar su brazo por mi cintura.
- Yo también te quiero y respecto a lo de antes, ¿cómo se te pueden ocurrir palabras tan bonitas?
- No lo sé, pero me alegra saber que no me habías olvidado.
- ¿Cómo lo sabes? – pregunté confusa, no había hablado con él respecto a lo nuestro desde la otra vez.
- Si quieres olvidar a alguien no es normal que lleves una camiseta suya que te regaló con su nombre detrás. – era verdad. Hace unos días, antes de “romper”, Harry me regaló su antigua camiseta del equipo de su instituto y ahora la llevaba puesta.
- El destino quiere mantenernos unidos.
- ¿El destino? – preguntó extrañado.
- Sí, antes de salir no me había fijado en lo que me había puesto. – me encogí de hombros y mostré una pequeña sonrisa.

Cogidos de la mano paseamos por la inmensa ciudad de New York, Harry me acababa de alegrar el día de San Valentin. Nunca pensé que me iba a gustar esa fecha, pero ahora era mi día favorito del año. Eran las seis de la tarde y como nos habíamos perdonado, decidimos celebrarlo. Ninguno tenía nada preparado, así que tocó improvisar y hacer lo típico: ir al cine y después a cenar. Fuimos hasta el centro comercial andando y allí vimos que películas había. De todas las que había, la que más nos llamó la atención fue  ‘Dando La Nota’, una comedia musical. Entramos a la sala, después de haber comprado el cartón más grande de palomitas que había para compartirlo y una pequeña bolsa de chucherías. Cuando salimos del cine no podíamos parar de reír, la película era graciosísima. Harry quería llevarme a un restaurante para acabar el día como dios manda pero yo quería irme a casa, estos días no había dormido mucho y estaba cansada. Al final, le convencí para volver así que, nos dirigimos hacía su casa. Entramos y estaba todo oscuro, claramente no había nadie, todos estarían con sus respectivas parejas. De repente, me tapó los ojos con sus manos y me hizo andar unos metros.
- ¿Qué pasa? – pregunté intentando quitar sus manos de mis ojos.
- Tranquila, es una sorpresa. – me susurró al oído. – Ya puedes abrirlos.
- Dios mío. – fue lo único que pude decir al ver lo que me había preparado. Estábamos en el salón y allí había una mesa con dos velas y la comida preparada, donde supuestamente iba yo había una preciosa rosa roja. – Es precioso pero ¿cuándo has hecho todo esto?
- Tengo mis contactos. – había dicho lo mismo cuando le pregunté como había conseguido mi número el día que nos conocimos, lo recordaba como si hubiera sido ayer. Él rió, parece que también lo había recordado.
- Gracias por todo. – dije cogiendo la rosa y oliéndola, segundos después me rugió el estómago.
- Bueno, vamos a llenar tu estómago. – me miró de arriba abajo. – Te noto más delgada que la última vez.
- Serán imaginaciones tuyas. – dije rápidamente, no iba a decirle que por su culpa prácticamente había dejado de comer, ¿o debería decírselo?

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